Mi hermana es superwoman

Cuando era pequeña estaba convencida de que mi hermana Edurne era, como poco, una superheroína. Lo sabía todo, por lo menos todo lo que yo consideraba de interés. Aclararé que es diez años mayor que yo.

Recuerdo claramente el periodo de admiración sin fisuras, yo tendría unos cuatro años. Un día se estropeó el ascensor en casa de mis padres, algo que ocurría con frecuencia, y tuvimos que bajar andando. Cuando habías bajado unos pocos peldaños mi hermana me dijo “¿pero todavía bajas las escaleras de una en una, como los niños pequeños?”. Luego me explicó que había que poner un pie en un escalón y el otro en el siguiente. Me sentí muy mayor.

A los seis años seguía inmersa en la admiración filial. Recuerdo estar leyendo un cuento de Disney (sí, lo reconozco, me gustaba, todos tenemos un pasado) y estar diciendo en voz alta “ja, ja, dijo Donald”. Mi hermana que pasaba por allí que dijo “lee en voz baja, pesada”. Me quedé sorprendidísima y le pregunté “¿y eso cómo se hace?”. “Pensando lo que lees en vez de diciéndolo” fue la respuesta. ¡Probé y resulta que era verdad!

Estos dos casos son los buenos porque a veces se aliaba con mi padre y me convencían, por ejemplo, de que se podía hacer sopa de nieve. “Pones un poco de nieve en la sartén y la doras. Queda buenísimo”. Tanto me lo creí que un día que estábamos en el pueblo de mi madre subí a casa con nieve y le sugerí a mi progenitora preparar el delicioso plato. Ella, tan dulce como siempre, me dijo “¿tú eres tonta? ¿no sabes que la nieve se funde con el calor?”. Tras averiguar en qué consistía exactamente “fundir”, no fuese a ser que tuviese algo que ver con “dorar”, empecé a plantearme si, además de mentirosa, mi hermana en realidad no lo sabía todo.

La confirmación de mis sospechas llegó poco después, el verano siguiente. Era la época en la que mis amigos y yo fabricábamos espadas. Se trataba básicamente de dos palos, uno largo y otro corto perpendicular a modo de empuñadura. La sujeción se realizaba con un clavo, por lo que había que estar todo el rato enderezando la empuñadura. Un rollo.

Hago un inciso para expresar mi sorpresa por el hecho de que mis amigos y yo no seamos tuertos. Las batallas eran cruentas, no había piedad y no se hacían prisioneros. En castellano: nos dábamos unas hostias como panes con los palos, sin mirar dónde ni medir la fuerza. Es más, el objetivo era dejar marca.

El caso es que mi primo Joxepe, también diez años mayor que yo, me regaló un palo de avellano con mi nombre tallado en el mango. He tenido orgasmos que me han provocado menos placer que el que sentí cuando me lo regaló. ¡Mi primo, el que habitualmente me ignoraba a no ser que le estorbase para algo, que era cuando me convertía en destinataria de empujón o colleja, me había fabricado un palo con mi nombre!

Y ahí empezó el principio del fin. ¿Mi hermana no sabía tallar palos? ¿No apoyaba las batallas de espadachines como hacía Joxebe? ¿Sabía mi hermana qué era una espada? Desde luego entusiasmo no había demostrado cuando le enseñé mi tesoro (parezco Gollum). Para despejar dudas y darle una oportunidad le expliqué el problema que teníamos con la estabilidad de la empuñadura. Ni caso ni solución. Ella solo quería salir por ahí con mi prima Aintzane y hablar con chicos. ¡En vez de pegarse con ellos! La desilusión de mi vida.

Mi padre vino al rescate y me explicó que teníamos que usar un tornillo con una tuerca. Me tuneó la espada y al día siguiente, después de que mi arma dejase con la boca abierta a los demás espadachines, también arregló las de mis amigos.

Entonces empecé a fijarme en mi hermana. Descubrí lo que me había negado a ver: Edurne no saltaba, no corría, no se peleaba con palos, comía sin protestar lo que nos daba mi madre, se ofrecía para hacer recados y se reía como una lerda cuando hablaba con algunos chicos. Encima por esa época aprendió a tocar la guitarra, cantaba y ponía discos de los Beatles, “esos melenudos” decía mi padre. Yo pensaba lo mismo que él y hoy en día todavía les aborrezco. Soy fiel a mis principios.

A pesar de la desilusión que me causó no le guardo rencor. Es la mayor y ya se sabe que los hermanos pequeños somos más listos y guapos, más altos y tenemos los ojos más azules. A mi todavía me gustan las espadas de madera y sueño con correr y saltar sin cansarme.

Adjunto documento gráfico de la época de la traición.

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