Mi bisabuela era de Orduña

Mi bisabuela, Escolástica Arana, más conocida por Escoli, era de Orduña. Y con esto ya lo he dicho casi todo. Murió un mes antes de nacer yo y por lo que me cuentan era una mujer como poco peculiar. Tuvo 14 hijos, de los que solo le sobrevivieron tres mujeres, una de ellas mi abuela. Era muy pequeña, alrededor del metro y medio, delgadita y con un carácter como si hubiese medido dos metros y pico.

Mi padre siempre contaba, entre carcajadas, anécdotas de ella, pero la que más me gusta es la de cuando intentó curarle a mi tío, el hermano pequeño de mi padre, la bizquera a base de “golpes de mar”. Al parecer eso de tener un nieto bizco no iba con ella y ante la pasividad de mi abuela decidió tomar cartas en el asunto.

Así, cuando mi tío, a partir de ahora “la pobre criatura indefensa”, tenía cuatro años, Escoli decidió pagar a un bañero como ayudante en el tratamiento de shock. Estoy hablando de hace casi 90 años, cuando en la playa de la Concha había unos señores, vestidos con bañadores a rayas de cuerpo entero, por aquello de la decencia, que ayudaban a la gente a bañarse previa entrega de una propina. Eran los bañeros tipos con espaldas en plan “armario empotrado”, como los describía mi padre.

El caso es que Escoli durante una mareas vivas, seguramente para mejorar la efectividad del tratamiento, acordó con un bañero que enfrentase al niño a las olas rompientes para que el golpe le diese en toda la cara y le pusiera los ojos en su sitio.

Mi padre aseguraba que durante una semana, Escoli, completamente vestida, de negro riguroso y con moño blanco, cogió una silla plegable y a los tres nietos (la víctima, mi tío de cuatro años; mi padre de seis y mi tía de ocho) y los llevó a la playa cuando las olas rompían fuertes.

Tras pagar al bañero, se sentaba en la silla y entregaba a su cuidado a mi tío el bizco. Según contaba mi padre, el proceso era el siguiente. “El bañero agarraba a mi hermano Ignacio y se metía con él al agua. Detrás nos poníamos mi hermana y yo. Cuando venía una ola bien grande, el bañero agarraba al crío y hacía que la ola le rompiese en toda la cara. Tan fuertes eran las olas que aunque mi hermana y yo estábamos justo detrás, terminábamos a revolcones en la orilla”. El proceso se repetía durante una hora. A todo esto, Escoli, impasible y sentada en su silla plegable.

Al parecer, después de una hora de golpes de mar sanadores, el niño Ignacio ya no era bizco porque salía del agua a todo llorar pero con un ojo en la nuca y el otro buscando el infinito. Hubo suerte y no se quedó ciego. Todo esto según mi padre, digno nieto de su abuela, que lejos de apiadarse de su hermano siguió toda la vida descojonándose de la risa cada vez que se acordaba.

Escoli mantuvo hasta su muerte que gracias a ella Ignacio era bizco “pero no mucho” y sosteniendo que “si no le llego a llevar a los golpes de mar, estaría mucho peor”. Ahora mismo mi tío es bizco y bastante raro. En la familia lo achacamos a los golpes en la cabeza.

 

Olas “sanadoras”.
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