Cómo darle la vuelta al colchón

Ayer recibí el encargo de mi madre de darle la vuelta a su colchón. Y no quiero decir que tuviese que girarlo y ya está: el trabajo consistía en poner la zona de la cabeza en los pies y lo que estaba en la parte superior pasarlo a la inferior. Trabajo de titanes. Mi madre colaboró en la tarea con un consejo: “antes de empezar hay que pensar”.

Ahí me entraron los nervios. Al parecer la resolución del trabajo no se alcanzaba con el tradicional “empuja-levanta-pártete los riñones”, no podía recurrir a mi estrategia preferida de “lo que no pueden levantar los brazos se puede mover a patadas”. Había que pensar. Y me puse a ello.

Lo primero que se me ocurrió fue recurrir a un esquema de fuerzas de esos que hacíamos en el colegio. Me arme de lápiz y papel y me encontré con el primer obstáculo: ¿cómo se traduce a kilogramos el “pesa un huevo”? Como todo el mundo sabe, el cerebro se alimenta de azúcar, por lo que decidí comerme un par de onzas de chocolate para poder resolver el problema.

Una cosa me llevó a otra y como después de comer algo dulce siempre apetece algo salado, procedí a ingerir un bocata de jamón (serrano, por supuesto). Y ya se sabe que con un bocata de jamón lo que pega es una birra. Y así me vi inmersa en otro problema, porque la legislación laboral prohíbe realizar trabajos de riesgo tras beber alcohol.

Como además no tengo un casco de esos amarillos de obra, me senté en el sofá y decidí aprovechar el tiempo reflexionando. “¿Si la nariz de Cleopatra hubiese sido más pequeña, podría mover más fácil el puto colchón?”. Este fue uno de mis elaborados pensamientos. Otro de ellos pasaba por preguntarme si el hecho de que los Pirineos tuviesen su ubicación actual afectaba a mi incapacidad para hacer esquemas de fuerza.

Así las cosas, me quedé dormida. Más que nada porque yo soy de pensar con los ojos cerrados, algo que no ayuda nada a la vigilia. Tampoco colaboró la segunda cerveza que me tomé para hidratar, porque ya se sabe que un cerebro bien lubricado funciona mejor.

Y hoy aquí estoy, aguantando a una anciana navarra (¡¡¡¡¡¡) cabreada y con un colchón en su posición original sin ningún interés por moverse por su cuenta.

¿Alguién me ayuda? El maldito colchón pesa un huevo (traducido a kilos creo que es muchosmil).

 

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