Monsanto-Bayer, el anticristo

Voy a empezar el año bien, es decir, dando miedo, porque creo que todos deberíamos estar acojonados. Las abejas están cayendo como moscas (perdón por hacer chistes con un tema tan serio, pero es que me puede el carácter). La desaparición de cualquier especie es una mala noticia, pero en el caso de las abejas hace peligrar la vida en la tierra, por lo menos como la conocemos hasta ahora.

Las abejas son imprescindibles para polinizar millones de plantas y os recuerdo que somos omnívoros, con permiso de los veganos, lo que significa que comemos plantas y animales que a su vez se alimentan de otras plantas. Si no hay abejas, no hay cultivos. Sin cultivos no hay comida y con escasez de comida estamos todos en manos del que la controle.

Las abejas están muriendo por causa de los pesticidas y no lo digo yo, lo asegura el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Esto ahora, porque exactamente lo mismo lleva diciendo años el Centro de Investigación Apícola y Agroambiental de Marchamalo (Guadalajara). Concretamente en España hay autorizados 319 productos insecticidas tóxicos para las abejas.

Al recolectar el polen, las abejas absorben los pesticidas, lo que las debilita y las hace menos resistentes al nosema ceranae, un parásito propio de la especie. Así, enferman y mueren. Os preguntaréis qué se está haciendo para solucionar este problema. Y yo, alma generosa, os voy a informar: los políticos nada, como mucho organizarán reuniones de alto nivel de las que saldrán recomendaciones que no seguirá nadie.

Las empresas, por el contrario, están haciendo de todo. Y aquí empieza a asomar la patita Monsanto. Esta multinacional estadounidense, comprada en junio de 2016 por Bayer (sí, los de la Aspirina), está subvencionando un proyecto en la universidad de Harvard para crear abejas robot. Es una idea redonda porque les permite seguir fabricando pesticidas y a la vez asegurarse la polinización de los cultivos, eso sí, de los suyos. Cuando desaparezcan todas las abejas naturales, ellos podrán controlar qué cultivos se polinizan y cuáles no.

Y así cerrarán el círculo sobre los alimentos, ya que Monsanto-Bayer, junto con otras cuatro multinacionales, controla las semillas transgénicas con las que se cultivan más de 200 millones de hectáreas en el mundo. Monsanto basa su negocio en patentar estas semillas, que los agricultores deben comprar todos los años, además de pagar 15 dólares estadounidenses por hectárea para mantener válida la licencia. Si algún agricultor reutiliza las semillas, Monsanto le denuncia. Es decir, van a controlar las semillas y los polinizadores. Tendrán el poder absoluto.

Todo esto recuerda mucho, pero mucho, a la película La Profecía, de 1976, en la que el hijo del diablo, de nombre Damien, es colocado en la familia del embajador de Estados Unidos en Gran Bretaña. No voy a contar más por no destripar el argumento. Sólo diré que el niño tiene una cara de cabrón de cuidado y que en las secuelas, cuando el anticristo se hace adulto controla una multinacional de productos agroalimentarios.

En una escena de la última película de la saga, Damien, el anticristo, asegura que no le interesa la industria armamentística, porque el verdadero control del mundo está en los alimentos. Al loro, compañeros.

Y encima se ha muerto la princesa Leia. Noto una alteración en la fuerza.

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