Queridos reyes magos

Soy republicana hasta las últimas consecuencias, no me gustan ni los magos de oriente esos. Pero este año les necesito. Mejor dicho, necesito sus servicios. Y es que los años no pasan en balde y tengo que empezar a tomar medidas preventivas ante los accidentes. Por eso quiero que me traigan un casco de moto, rodilleras y coderas.

Es que voy a clase en autobús y parece que DBUS ha organizado cursillos de fórmula uno para los conductores. Solo así se explica la velocidad que consiguen alcanzar por ciudad. Tú te subes pacíficamente al vehículo y según pasas la tarjeta, el conductor pega un acelerón y más te vale estar bien agarrada.

Además, si consigues llegar a un asiento sana y salva, tampoco te libras del peligro. Pillan las curvas de manera que el autobús hace efecto látigo con la parte articulada y si no te agarras bien te escoñas.

El siguiente problema se presenta cuando quieres tocar el timbre para anunciar que te quieres bajar en la siguiente parada, a poder ser con el autobús quieto. A ver quién es la guapa que se atreve a ponerse de pie a la brava para acercarse al timbre. Yo, afortunadamente, voy a clase con una compañera jovenzuela que se suele ofrecer voluntaria para las tareas peligrosas. Desde aquí mi reconocimiento, Natalia. Seguramente gracias a tí todavía tengo íntegra la cadera.

Pero a pesar de contar con la compañía de personas generosas, el peligro continúa. Una vez frenado el vehículo, de la forma más brusca posible, viene el momento de apearse. Es terrible. Tanto que voy a hacer un punto y aparte para demostrar la gravedad del asunto.

Los conductores de DBUS están especializados en posicionar el autobús a una distancia de la acera inversamente proporcional a la longitud media de la capacidad de apertura de piernas de un ser humano. Es decir, consiguen dejar un hueco entre el autobús y la acera que a mí, particularmente, me deja sumida en la duda más absoluta.

Pienso, voy a saltar hasta la acera. Y entonces recuerdo mi edad y mi tendencia al optimismo y freno en seco. Me da miedo hocicar. Después me digo, mejor bajo hasta la carretera y luego ya treparé a la acera. Tampoco sirve, no llevo piolet.

Así las cosas, cierro los ojos, me lanzo y dejo mi futuro en manos del destino, hasta el momento sin mayores consecuencias. Pero sólo hasta el momento. Nadie sabe qué hostión me deparará el mañana. Por eso recurro a los de oriente. Recordad, necesito casco, rodilleras y coderas. Y espero no tener que pediros unas muletas el año que viene.

Se me olvidaba: he sido buena.

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