Navidad? No, gracias

Ya está. Está aquí la terrible navidad. Y la escribo en minúscula porque me da la gana. Entiendo que la celebren los creyentes, pero no los demás. Cuando empiezan a decorar las calles (casi a finales de septiembre) se me encoge el corazón. ¿Me conmuevo? Ni de coña. Me asusto porque ya sé lo que me viene encima.

La gente se empieza a poner nerviosa. No hay más que ir a hacer la compra para ver a muchas personas, mayoritariamente señoras mayores, con cara de terror delante de las estanterías. “Lo que ha subido el turrón”, parece que piensan. Y con razón. Otras se asoman a la pescadería para ver cómo la merluza inicia una escalada de precios que terminará el día 23 a nivel de multimillonarios.

Los críos están ya a punto de tener vacaciones. Ya no los tienen en el colegio a buen recaudo. Ahora pasan a ser problema de todos. Corren, gritan, lloran y se ríen a carcajadas. Es lo que viene siendo ser un niño, pero con el añadido de que están todos histéricos por saber qué les va a regalar Olentzero, los reyes o quién sea.

Y luego están los críos que saben que tendrán un regalo pero que no será el que hayan pedido, porque en casa no hay dinero casi ni para comer. Y todavía peor, los que no tendrán nada. Me pongo mala. Me dan ganas de atracar bancos.

También me motivan mucho las reuniones familiares (es ironía, no se confunda el personal). Esa gente con la que compartes material genético y poco más y a la que no ves el resto del año por una razón de peso: te caen mal. Y llega navidad y todos dándote besos y abrazos mientras te dicen cuánto te quieren. ¡No me quieras y sobre todo no me lo digas! ¡Que yo no te soporto!

El exceso de comida es otra de las cosas que encantan de estas entrañables fechas. Venga comer como cerdos para luego ponernos todos a régimen en enero. Y encima no me gusta el turrón. Ni siquiera el de chocolate. De lo de beber de más soy más partidaria. Es la única forma de soportar estos días con cierta dignidad, es decir, sin comprarse una recortada y lanzarse a la calle a hacer justicia.

Y no me gusta que me hagan regalos. Cuando quiero algo me lo compro. No necesito sorpresas. Ya tengo bastantes sobresaltos con las luces parpadeantes de los adornos navideños y con la gente que se pone gorritos rojos. Del anuncio de la lotería y de los cuernos de alce de gomaespuma que lucen algunos no pienso ni hablar.

Señor, llévame pronto. No puedo con mi vida.

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